miércoles, 31 de octubre de 2018

COSMOVISIÓN HUMORÍSTICA



  El humorismo: una lógica sutil


                  Siguiendo a André Bretón, quien definía un poema como el derrumbamiento del intelecto, podríamos caracterizar el humor como el derrumbamiento de la lógica (de la lógica "normal", esperable, sensata y predecible). La experiencia de lo cómico tiene su propia connotación de realidad; es una forma de conciencia distinta un "estar fuera de los presupuestos y hábitos corrientes de la vida cotidiana"; una "realidad separada, con su lógica, sus normas, su distribución de papeles y sus coordenadas de espacio y tiempo particulares. Es, en definitiva, un "desgarrón en el tejido de la realidad".
                Decía Monterroso que el humor es el realismo llevado a sus últimas consecuencias. El verdadero humorista pretende hacer pensar y, a veces, hasta hacer reír, observa la existencia a través de un filtro y aunque a veces se tiña de pesimismo supone siempre una fuente de constante sorpresa y novedad, una ruptura con el lenguaje convencional.

Funciones del mensaje humorístico
                Para el estudio del mensaje humorístico R. Núñez parte de un análisis que atiende a distintos niveles. El primero recoge los elementos constantes y los considera funciones. Se distinguen cuatro: función de introducción-hace presente en la conciencia del receptor el orden normal-; función de armado –actúa como estímulo o pretexto para la ruptura del orden-; función de disyunción —ruptura propiamente dicha, error o incoherencia—; función de restauración--a través de los índices que apuntan al orden posible que permite interpretar y corregir la disyunción—. Esta última función apunta a una cooperación del receptor.
                Por otro lado, el receptor del mensaje humorístico debe realizar ciertas operaciones para que el proceso de comunicación culmine felizmente: reconocimiento de la disyunción; comprensión y justificación de la disyunción (restauración del orden interpretante en el que la disyunción deja de serlo); y, por último, adhesión a las causas de la disyunción, a la actitud o visión del mundo que provoca la disyunción. (…)
                Al estudiar la complejidad y riqueza de sentido del mensaje humorístico, también Freud recoge definiciones del chiste como "un contraste de representaciones", un "sentido en lo desatinado", un "desconcierto y esclarecimiento". La disyunción de la que habla Núñez funciona como una violación del código, como una respuesta imprevista y, en consecuencia, altamente significativa. (…)
Veamos algunos ejemplos:
ü  Muchos jueces son absolutamente incorruptibles: nadie puede inducirles a hacer justicia. (Bertold Brecht).
ü  Si el vino perjudica tus negocios, deja tus negocios. (G.K. Chesterton).
                La primera parte de estos mensajes orienta las posibilidades de selección, de tal manera que el receptor -a quien se presupone cierta racionalidad discursiva- podría aventurarse a anticipar el final guiado por la lógica del código lingüístico, por un proceso argumentativo serio y coherente. Pero el efecto humorístico irrumpe inesperadamente como una infracción a los principios de esa lógica. También la inversión del sentido común o el efecto "sorpresa" que conlleva la baja predictibilidad del mensaje humorístico ayuda con frecuencia a provocar el efecto risible:
ü  ¿Por qué nos alegramos en las bodas y lloramos en los funerales? Porque no somos la persona involucrada (Mark Twain).
ü  Se puede confiar en las malas personas, no cambian jamás (William Faulkner).
                A menudo el receptor del mensaje humorístico se enfrenta con un estímulo que contiene absurdos o elementos contradictorios. Esta absurdidad es inesperada e inicialmente queda perplejo porque se requiere cierto esfuerzo para descubrir que el absurdo puede tener sentido desde otra perspectiva. (…)
                Otras veces los discursos humorísticos representan un ataque frontal a las convenciones textuales de género, registro y estilo. Recordemos que el género es un conjunto de recursos lingüísticos asociados a las funciones sociales del texto.  A veces presentan inadecuación de registro, que debería ser el resultado de una selección entre las posibilidades lingüísticas disponibles, pero adecuadas al estilo, al tono del texto. Pero es este quebrantamiento de las convenciones textuales -y de las expectativas que acompañan a esas convenciones - lo que genera el efecto cómico.
                Como vemos, los textos humorísticos -como los poéticos- presentan flagrantes atentados contra la semántica y la argumentación lógica. Surgen por una incongruencia, que constituye la base para entender ciertos aspectos intelectuales del humor, pero en todos ellos el sentido obedece a principios que nada tienen que ver con la racionalidad discursiva sino con factores afectivos e imaginativos.

Corpus


EL IDIOTA  de Marco Denevi

 Él se pasea, las manos a la espalda. EL IDIOTA, sentado, borda.
 -ÉL: Quisiera saber para qué me pusieron a este idiota de compañero. No sirve para nada. No le gusta cazar, no le gusta pescar. En la lucha es demasiado débil, se rinde enseguida. Borda. Eso es lo único que sabe hacer. Bordar, cocinar y fregar los pisos. Antes yo vivía solo, pero hacía lo que quería. Ahora, si mato un animal, el idiota llora. Si digo malas palabras, se escandaliza. Y si lo invito a pelear, gime y se retuerce las manos. Es gordo, es fofo. Es blanduzco. Entre las piernas no tiene nada. Para colmo esa manía de la limpieza. Estoy cosido, cepillado, planchado y almidonado. No puedo fumar porque me sigue con un cenicero. Arrojo un papel al suelo y ahí corre a levantarlo. Antes yo comía la carne cruda. Es más sabrosa y más rica en vitaminas. Ahora debo esperar a que la ponga en el horno. Debo usar plato, cuchillo y tenedor. En una palabra, me complicó la existencia. Además, el cerebro no le funciona. Es sordo mental. Es tonto. No consigo que piense. Hasta mi perro es más inteligente que él. Oye, tú. Ven aquí.
 EL IDIOTA acude, humilde y solícito.
 -ÉL: Tengo que reconocerlo. Obedecer, obedece mejor que un perro. Y a mí se me despierta el instinto de dominación. Bien, veamos. ¿Cuánto son dos más dos?
 EL IDIOTA pone los ojos en blanco, se muerde los labios, se rasca la cabeza, pero no responde.
 -ÉL: Ayer se lo enseñé. Hoy ya no lo recuerda. ¿Y la capital de Yugoslavia?
 EL IDIOTA repite su mímica desesperada.
 -ÉL: Tampoco se acuerda. Es inútil. ¡Para qué servirás, pobre animalito débil y cobarde! Vamos a ver. ¿De qué quieres que hablemos? ¿De qué te gustaría conversar conmigo?
 EL IDIOTA guarda silencio.
 ÉL se impacienta, grita.
 -ÉL: ¡Di algo! ¡Cualquier cosa! ¡Pero no te quedes callado como un estúpido! ¿Será posible que no haya un tema sobre el que podamos hablar?
 -EL IDIOTA: ¿Qué quieres para el almuerzo?
 -ÉL: ¿No dije? La cocina, la costura, la limpieza, y de ahí no sale.
 Enciende un cigarrillo y se pasea. EL IDIOTA corre a buscar un cenicero. Al girar, ÉL tropieza con EL IDIOTA y con el cenicero.
 -ÉL: ¡Ah, no, basta!
 Arroja el cigarrillo al suelo. EL IDIOTA, de hinojos, lo recoge, lo apaga aplastándolo en el cenicero, levanta con la mano un poco de ceniza que se derramó sobre el piso. ÉL se sienta, se toma la cabeza con las manos.
 -ÉL: ¡Dios mío, qué maldición! ¡Y yo que vivía tan feliz!
 EL IDIOTA llora silenciosamente.
 -ÉL: Ahora llora. Cuando llora, me enternezco. Y cuando me enternezco, aflojo y lo trato con dulzura. Entonces él se toma confianza, termina hartándome, me enojo, él llora y vuelta a empezar. Está bien, no llores. Ven aquí.
 EL IDIOTA se acurruca a sus pies.
 -ÉL: Quédate a mi lado. Con una condición: sin hablar.
 ÉL lo acaricia.
 -ÉL: Tienes lindo pelo, la piel suave. Me haces acordar a... No, no te gustaría la comparación. La comimos anoche con salsa tártara. ¿Qué piensas? ¿Qué sientes? ¿Eres nomás un perro? ¿Un tigre domesticado? ¿Un ave a la que le cortaron las alas? ¿Para qué sirves? ¿A qué has venido? ¿Quién te trajo? No sé ni siquiera tu nombre.
 -EL IDIOTA: Tengo un regalo para ti.
 -ÉL: ¡Vaya! ¡Al fin cambiaste de tema! De modo que tienes un regalo para mí. ¿Dónde está? ¿Qué es? Vamos, tráemelo.
 EL IDIOTA se levanta y sale corriendo.
 -ÉL: Pobrecito, no es tan tonto como yo creía.
 EL IDIOTA reaparece, siempre a la carrera. Oculta algo entre las manos, detrás de la espalda. Sonríe.
 -ÉL: ¿Qué escondes ahí? A ver, muéstrame las manos.
EL IDIOTA se pone de rodillas. De golpe le ofrece una manzana.
 -ÉL: ¿Y era esto, tu regalo? ¿Una manzana? No, no eres tan tonto como yo creía. Eres mucho más.
 EL IDIOTA llora.
 -ÉL: ¿Y qué quieres que haga con esta manzana? ¿Que la coma?
 Sin dejar de llorar, EL IDIOTA dice sí con la cabeza.
 -ÉL: ¡Pero si no tengo hambre!
 EL IDIOTA llora a todo trapo.
 -ÉL: Está bien, la comeré. Con tal de que no llores soy capaz de comerme todas las manzanas el huerto. ¿Ves? Muerdo la manzana, tu hermosa manzana.
 EL IDIOTA se sonríe, se pone de pie, se aleja uno pasos. Desde un rincón observa complacido cómo ÉL devora rabiosamente la manzana.
 -ÉL: Encima una manzana un poco agria. No, si es lo que yo digo. No le funciona el cerebro. No entiende nada de nada. Intelectualmente, cero. Fíjense, una manzana. ¿A quién se le ocurre regalarme una manzana? A él. Y qué manzana. La peor de todas, la más amarga. Como si ahí afuera no hubiera cientos de manzanas al alcance de m¡ mano. Como si nunca yo hubiese comido manzanas. Estoy harto de manzanas. Pero él, para hacerme un regalo, elige una manzana, ácida y amarga. El pobre es idiota. Es rematadamente idiota. Es el rey de los idiotas.
 Ha terminado de devorar la manzana. Escupe alguna semilla. Se limpia los labios con el dorso de la mano. Entonces EL IDIOTA hace castañear dos dedos en el aire.
 -EL IDIOTA: ¡Adán!
 ÉL se pone de pie de un salto.
 -ÉL: Sí, querida.
 Y acude presuroso a aquel llamado. Pero cuando está junto a Eva, pregunta estupefacto:
 -ÉL: ¿Querida? ¿Qué significa "querida"?
 En lugar de contestar, EVA entra en el dormitorio y ADÁN la sigue como un perro obediente.

En: Denevi, M. Falsificaciones. Ed. Corregidor.




VIEJO CON ÁRBOL  de Roberto Fontanarrosa

                A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo.
            Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos.
            Era el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas bajaban de los autos.
—Ojo con la vía -alertaba siempre Jorge mientras se cambiaban.
—No pasan trenes, casi -tranquilizaba Norberto. Y era verdad, o pasaba uno cada muerte de obispo, lentamente y metiendo ruido.
—¿No vino la hinchada?-ya preguntaban todos al llegar nomás, buscando al viejo-. ¿No vino la barra brava?
Y se reían. Pero el viejo no faltaba desde hacía varios sábados, firme debajo del árbol, casi elegante, con un cierto refinamiento en su postura erguida, la mano derecha en alto sosteniendo la radio minúscula, como quien sostiene un ramo de flores. Nadie lo conocía, no era amigo de ninguno de los muchachos.
—La vieja no lo debe soportar en la casa y lo manda para acá -bromeó alguno.
—Por ahí es amigo del referí —dijo otro. Pero sabían que el viejo hinchaba para ellos de alguna manera, moderadamente, porque lo habían visto aplaudir un par de partidos atrás, cuando le ganaron a Olimpia Seniors.
            Y ahí, debajo del árbol, fue a tirarse el Soda cuando decidió dejarle su lugar a Eduardo, que estaba de suplente, al sentir que no daba más por el calor. Era verano y ese horario para jugar era una locura. Casi las tres de la tarde y el viejo ahí, fiel, a unos metros, mirando el partido. Cuando Eduardo entró a la cancha —casi a desgano, aprovechando para desperezarse— cuando levantó el brazo pidiéndole permiso al referí, el Soda se derrumbó a la sombra del arbolito y quedó bastante cerca, como nunca lo había estado: el viejo no había cruzado jamás una palabra con nadie del equipo.
            El Soda pudo apreciar entonces que tendría unos setenta años, era flaquito, bastante alto, pulcro y con sombra de barba. Escuchaba la radio con un auricular y en la otra mano sostenía un cigarrillo con plácida distinción.
—¿Está escuchando a Central Córdoba, maestro? —medio le gritó el Soda cuando recuperó el aliento, pero siempre recostado en el piso. El viejo giró para mirarlo. Negó con la cabeza y se quitó el auricular de la oreja.
—No -sonrió. Y pareció que la cosa quedaba ahí. El viejo volvió a mirar el partido, que estaba áspero y empatado-. Música -dijo después, mirándolo de nuevo.
-¿Algún tanguito? —probó el Soda.
—Un concierto. Hay un buen programa de música clásica a esta hora.
            El Soda frunció el entrecejo. Ya tenía una buena anécdota para contarles a los muchachos y la cosa venía lo suficientemente interesante como para continuarla. Se levantó resoplando, se bajó las medias y caminó despacio hasta pararse al lado del viejo.
—Pero le gusta el fútbol —le dijo—. Por lo que veo.
            El viejo aprobó enérgicamente con la cabeza, sin dejar de mirar el curso de la pelota, que iba y venía por el aire, rabiosa.
—Lo he jugado. Y, además, está muy emparentado con el arte —dictaminó después—. Muy emparentado.
El Soda lo miró, curioso. Sabía que seguiría hablando, y esperó.
—Mire usted nuestro arquero —efectivamente el viejo señaló a De León, que estudiaba el partido desde su arco, las manos en la cintura, todo un costado de la camiseta cubierto de tierra—. La continuidad de la nariz con la frente. La expansión pectoral. La curvatura de los muslos. La tensión en los dorsales —se quedó un momento en silencio, como para que el Soda apreciara aquello que él le mostraba—. Bueno… Eso, eso es la escultura…
El Soda adelantó la mandíbula y osciló levemente la cabeza, aprobando dubitativo.
—Vea usted —el viejo señaló ahora hacia el arco contrario, al que estaba por llegar un córner— el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul de Prusia de las camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles ocres, pardas y sepias y Siena de los mulos, vivaces, dignas de un Bacon. Entrecierre los ojos y aprécielo así… Bueno… Eso, eso es la pintura.
Aún estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando al viejo arreció.
—Observe, observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el braceo amplio en busca del equilibrio… Bueno… Eso, eso es la danza…
            El Soda procuraba estimular sus sentidos, pero sólo veía que los rivales se venían con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De León.
—Y escuche usted, escuche usted… —lo acicateó el viejo, curvando con una mano el pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido—… la percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los insultos de los muchachos y el pitazo agudo del referí… Bueno… Eso, eso es la música…
            El Soda aprobó con la cabeza. Los muchachos no iban a creerle cuando él les contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave oscura e implacable.
—Y vea usted a ese delantero… —señaló ahora el viejo, casi metiéndose en la cancha, algo más alterado—… ese delantero de ellos que se revuelca por el suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente los cabellos, distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando histriónicamente justicia… Bueno… Eso, eso es el teatro.
El Soda se tomó la cabeza.
—¿Qué cobró? —balbuceó indignado.
—¿Cobró penal? —abrió los ojos el viejo, incrédulo. Dio un paso al frente, metiéndose apenas en la cancha—. ¿Qué cobrás? —gritó después, desaforado—. ¿Qué cobrás, referí y la reputísima madre que te parió?
            El Soda lo miró atónito. Ante el grito del viejo parecía haberse olvidado repentinamente del penal injusto, de la derrota inminente y del mismo calor. El viejo estaba lívido mirando al área, pero enseguida se volvió hacia el Soda tratando de recomponerse, algo confuso, incómodo.
—…¿Y eso? —se atrevió a preguntarle el Soda, señalándolo.
—Y eso… —vaciló el viejo, tocándose levemente la gorra—… Eso es el fútbol. 



lunes, 6 de agosto de 2018


Funes El Memorioso
(Artificios, 1944;
Ficciones, 1944)





         Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.


         Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro mínutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.

         Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
         Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
         Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en.la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.
         No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latin. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del día siete de febrero del año ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó”, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”. Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio:
         El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
         En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
         Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
         Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
         Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como 1a vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoría, señor, es como vacíadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
         Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos in—mortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
         La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando..
         Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, 1a caldera, Napoleón, Agustín vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas... Yo traté explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario sistema numeración. Le dije decir 365 tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis no existe en los “números” El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
         Locke, siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
         Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucios y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
         Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
         La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
         Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
         Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.


1942


Jorge Luis Borges

(1899–1986)

miércoles, 20 de junio de 2018

Cuento LA BIBLIOTECA DE BABEL de Jorge Luis Borges

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El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta         letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.

El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)

Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.

También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.

Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.

También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).

La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.   FIN


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  Podría decirse que "La biblioteca de Babel" es el cuento más famoso de Borges, en parte porque es un clásico ejemplo de su obra y de las ideas que amaba. Borges escribía a menudo sobre conceptos complejos como el infinito, la naturaleza de la realidad y laberintos, y todos esos elementos aparecen plasmados en este relato. Sin embargo, puede que la popularidad de este cuento también se deba al hecho de que es fácil vincular al narrador, un bibliotecario anciano y casi ciego, con el propio Borges. El escritor perdió la vista por completo el mismo año en que lo nombraron director de la Biblioteca Nacional de Argentina.
 Leé este hecho trascendental en la vida de Borges  en su famoso poema:

Poema de los dones

Nadie rebaje a lágrima o reproche 
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
 De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
 las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.
 De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esa alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.
 Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.
Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.
 Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.
 ¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?
Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.
  A su vez, es en parte gracias a este relato que muchos críticos consideran a Borges una especie de profeta de la era de Internet. Podés leer esto en el siguiente artículo del New York Times sobre el libro Borges 2.0, que explora algunas de las formas en las que Borges predijo la idea de un sistema global digital como el que tenemos en la actualidad:
http://www.nytimes.com/2008/01/06/books/06cohenintro.html?_r=0

miércoles, 13 de junio de 2018

LITERATURA

ARTURO CARRERA, vanguardista y pringlense





               Nació el 27 de marzo de 1948 en Buenos Aires, aunque toda su infancia y adolescencia transcurrió en la ciudad de Coronel Pringles.​ Ese espacio fue de algún modo mitificado por su poesía y se ha transformado, asimismo, en un lugar de referencia para la literatura argentina actual, ya que allí también nació el narrador César Aira. En esos días iniciáticos de Pringles, Carrera y Aira cultivaron una intensa amistad intelectual, por la cual compartieron sus primeras experiencias literarias. 
                    A los dieciocho años, en 1966, viajan juntos a Buenos Aires y fundan la revista literaria El cielo. Allí el poeta conoce a Alejandra Pizarnik, que participa en la presentación de su primer libro, Escrito con un nictógrafo, publicado en 1972. Desde entonces la poesía de Carrera unirá un gesto fuertemente vanguardista con la profunda recreación de una rica tradición poética argentina, en cuyo canon personal se hallan Juan L. Ortiz, Oliverio Girondo, Baldomero Fernández Moreno y la propia Pizarnik. Participa de las búsquedas de la revista XUL en los años ochenta. Es uno de los referentes latinoamericanos del neobarroco. Su obra explora las ambigüedades de la palabra, indaga el mundo de las sensaciones, construye una original autobiografía lírica, hasta lograr una estética tan personal que lo ha convertido en un autor ineludible en la poesía hispanoamericana contemporánea.





“VANGUARDIA” Y “TRADICIÓN” EN LA POESÍA DE ARTURO CARRERA
Nancy Fernández
Universidad Nacional de Mar del Plata - CONICET (Fragmento adaptado)


Características de la poesía de Carrera:
1) la reinvención deliberada de la lengua de infancia, entre el deseo por restituir la ficción de un origen y el trabajo sobre un modo de concebir el arte como arqueología de una creación sobre el juego, el movimiento y el silencio (que nos devuelve al misterio).
2) la horizontalidad entre imágenes trabajadas en el proceso de la sensación subjetiva y el lenguaje despojado, llano, de una simplicidad minimalista, paradójica en su doble faz donde lo visible y lo invisible son planos de un mismo proceso.
3) el lenguaje pulsional que no implica únicamente los efectos significantes del inconsciente sino también, y ya promediando los ochenta con Arturo y yo, el movimiento poético que realiza una cercanía, mostrando un lenguaje descendente basado en la cotidianeidad y de un mundo concreto de referentes reales. A estos últimos Carrera los incorpora en su escritura como ready-mades duchampianos; cartas a los Reyes Magos, fragmentos de charlas entre amigos, historias mínimas de vecinos, de paseos matinales o vespertinos sobre vidrieras que exhiben juguetes, útiles escolares, revistas infantiles: comics o Billiken. Citas a Man Ray y a Duchamp, más procedimientos que elaboran un distanciamiento de la mímesis incorpora una nueva dimensión del referente en tanto ficcionalización de lo verídico inmediato (ej. reescritura de los sueños, conversaciones y notas en Animaciones suspendidas, injertos y collages con fragmentos de recortes, cartas, discursos político-publicitarios como la Caja Nacional de Ahorro en Potlatch; los datos geográficos e históricos en Las cuatro estaciones, la situación frente a la imagen ausente en Fotos imaginarias con nieve de verdad (y acá remito el trabajo de Joca Wolff en Papeles en progreso); así, la poesía logra una noción de arte en franco disenso con el concepto de obra de arte orgánica y autónoma.
            Es lícito afirmar que Arturo Carrera es un poeta moderno. Moderno porque lleva la letra a los límites del lenguaje y lo real, hasta problematizar la pertinencia de la noción de autonomía en la obra de arte, que el movimiento del modernismo convertía en baluarte de hostilidades contra la creciente cultura de masas. Y siguiendo estas mismas líneas argumentales resulta plausible pensar en un proyecto vanguardista que intenta suturar la brecha entre arte y vida que el modernismo (en sus variantes europeas, el arte por el arte, los parnasianos, el simbolismo; en sus variantes americanas, el lujo exótico de Rubén Darío, la filiación argentina de Leopoldo Lugones) pretendía infranqueable. Como sabemos, la vanguardia buscaba nivelar arte y praxis social, más allá de todas sus contradicciones y más aún en el caso argentino del martinfierrismo que transforma la voluntad de ruptura en una simultánea recuperación de la herencia nacional, cuya salida elegante Borges bautiza con la etiqueta del criollismo. Carrera convierte a la escritura en un proceso complementario a las presentaciones de sus libros, algunas de las cuales resultaron verdaderas actuaciones teatrales; incluso, la trama de vínculos y relaciones que arma sobre su circuito de publicación, también responde a sus intervenciones críticas como a sus proyectos culturales: el mayor de ellos, Estación Pringles. Porque en cada uno de los eventos que allí tuvo lugar, Carrera afirmó la presencia de la literatura pero además y sobre todo, selló con fruición el pacto entre lectores, público y el espacio real, “ya hecho”, que sostuvo y nutrió desde siempre, la letra de lo íntimo.

            En el caso de Carrera, habría que hablar de neovanguardia de la década del setenta. Escrito con un nictógrafo es su primer libro de 1972, con prólogo de Severo Sarduy y editado por Sudamericana; a los alcances más generales de una filiación con el neobarroco de Sarduy (y de Lezama Lima) hay que anotar su inscripción como discípulo y seguidor del grupo Literal que como todo eje de vanguardia tiene su revista programática, en este caso del mismo nombre. Así, a la temprana relación que el joven Carrera establece con Alejandra Pizarnik (una poeta con tempranas marcas neorrománticas derivadas en perturbadores ejercicios surrealistas), Alejandra, quien le presenta su libro en una puesta en escena a oscuras, en la misma calle Viamonte de Buenos Aires donde el poeta vive en la actualidad, hay que agregar la creciente amistad que junto con Aira y Tamara Kamenszain, mantiene con el mentor del grupo: Osvaldo Lamborghini. Constituidos como formación tribal opuesta a las demagogias populistas del realismo y el lenguaje de la comunicación práctica, Literal, integrado además por Germán García, Luis Gusmán, Héctor Libertella, Ricardo Zelarayán, Josefina Ludmer entre otros, adscriben a las propuestas teóricas del posestructuralismo francés (Kristeva, Barthes, Sollers, Ricardou) que hacían una relectura semiótica de la literatura, cultura y del marxismo (sus referentes eran Derrida, Foucault, Althusser) y el psicoanálisis (Lacan vía Oscar Massotta). Todo ello sobre la moderna literatura experimental. A propósito, en un libro como Mi padre (1985) Carrera aclara que nunca desdeñó las prácticas psicoanalíticas, modalidad que puede leerse con sus variantes a lo largo de toda su producción.


SELECCIÓN DE POEMAS

CASA DEL FAUNO

 Vengan a Pringles —ya sé,
no es Delfos.
Pero a tres cuadras de mi casa,
por la calle Stegmann,
hacia el sur,
está el arroyo.

¿No es el pueblo natal
 “el arroyo de encima”, que no pesa nada,
como en los graves y mentirosos
sueños?

Tengo en la vereda
los plátanos enormes, con hojas como manos y
frutos demasiado redondos como
testículos de ángeles.

Y a veces sueño que zumban como trompos,
cascabeles que llegan como agua hasta la casa
y la casa se borra
como azúcar en agua.

Pero puedo ofrecerles un sistema de rumbos
que se parece al menos al “problema de los niños”,
—el que ellos muy pronto olvidan;
que ponen a cierta edad
en todos sus dibujos:

“el punto de referencia,
dejar aquí,
ir allá,
la distancia,
la orientación,
el camino conducente a casa,
tan necesario como la casa.”

Mi asegurada lejanía entonces
es la promesa:
¿vendrán?

—y el deseo, como en cada uno,
en relación infinita al arroyo
al árbol y a la casa,

esos senderos y formas,
esas vibraciones y roces
que suelen llamarse “mujeres”

—criaturas hermosas
que se hamacan entre ramas.

                     
UN DÍA EN "LA ESPERANZA"
                                                                               a Esther y Marín Bruzzo


Martincho y Luciana
me tiraron pasto podrido
y después Juan me escupió
el agua verdinegra del mate
sobre la libretita y el pantalón

Esther (28 años) salió a defenderme.
¿Qué le hacen a Arturito?
No le tiren pasto a Arturito
que está escribiendo

Pero Arturo no sabe escribir.
Arturito es pasto de las llamas
de los niños

De todo podría decir él
que ha sido, que ya fue escrito
o apoyado todavía en una ciencia
que la naturaleza debería imitar

¿Echó a los niños?
Sólo les dijo: “Vayan a la otra palmera
Aquí tengo que escribir”.

“¿Molestamos?” –dijo Luciana–. Y
agregó: “¡Tonto, vos no conocés todo
nuestro campo!”

Florecillas.
Círculos amarillos.

Los chiquitos bajo la palmera más amplia
y el dálmata sobre las manchas de luz en
copos que filtraban las lentísimas hojas
acribilladas

El gritito de Juan.
Los ojitos celestes;
la boca de viejita desdentada de Luciana.

Los niños como antídoto
después de una noche soñada
para la fatalidad del sufrimiento

¡El Campo!


CARPE NOCTEM


Chucena techa su choza
sin duda en secreto,
el más remoto secreto
dado que la noche es el dado
y la alegría el arte de jugar ese instante.
un señuelo del tiempo
la carga del dado
Los techadores alinean las tejas
mientras hablan del campo;
levantan algunas,
limpian, raspan, adaptan otras, para que
cabalguen, perfectas, y que la nieve y el agua
se deslicen sin interrupción
como ahora las figuras en la luz bajo el sol
animadas, suspendidas
en los trinos, en los gorjeos de los pájaros.
De un lado, diría el Oriente,
las torcazas colombinas,
sus arrullos insistentes y del otro,
los gritos de los benteveos.
En el medio, parece,
en un nido erizado y enorme construido
sobre una antena en desuso,
el parloteo chirriante de los loros.
El golpeteo de un martillo
contra la teja que no quiere ceder su antigua forma,
ahora proviene de otro mundo.
atardece
mientras los loros custodian chillando
el nido híspido pero asombroso,
las golondrinas purpúreas barren con silbidos
el aire anaranjado y brillante que se oscurece
poco a poco.
CANCIÓN DEL VIGILÁMBULO
II
en este círculo me encierra,
en este otro me libera,
en este círculo me encierra,
no quiere que la muerte cercana se apodere
de estas bandas de tiza,
y aquí en el sueño están sus palabras
aunque no las reconozca;
aquí aunque no sepa qué dicen,
aquí aunque se posen sobre la función
de un sinsentido equivocado;
pero eso tampoco existe
aquí aunque ya no sea la infancia sino
su límite impreciso
en la lluvia, ahora, en esa borradura lejana,
el arco iris, en esa banda gris plomo
contra el amarillo vibrante del campo.
Y ella sentadita sigue dibujando rayas, rayas, círculos,
como si marcara el tiempo de su alegría en mí,
de su abandono en mí, de su presencia en
cada movimiento de su mano
pequeñísima en mí,
para alzar con su grafía la letra que alza hoy
esta ínfima edad para su vocecita milenaria,
los anillos de un destino del “ya no sé quién soy”,
“en breve ya no sabré
sino apenas lo que miro”,



ENTREVISTA A ARTURO CARRERA. La Nación, 2015.
https://www.lanacion.com.ar/1801830-arturo-carrera-todo-poema-es-un-secreto-minimo-instantaneo

ARTURO CARRERA RECITA SU POEMA "LARTIGAU".
https://www.youtube.com/watch?v=vjJVkQPLg8M